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Etiqueta: Lectura

El verdadero falso escocés

一Ningún escocés pone azúcar en la avena del desayuno. 

一Pero a mi tío Angus, que es escocés, le gusta hacerlo. 

一Ah, sí, pero ningún escocés auténtico pone azúcar en su avena. 

La enfermedad de este caso se trata de una falacia informal cuyo fin es desacreditar a un individuo de un grupo concreto que muestra una característica no ideal. Por ejemplo: “ningún olimpista es mal futbolista, pero Carlos es mal futbolista y es olimpista, entonces Carlos no es un auténtico olimpista”. La fórmula es algo vaga pero no por eso poco frecuente de uso: al momento en que un contraejemplo empírico se dé tras una afirmación universal, el hablante procede a desacreditar la validez del contraejemplo propuesto negando su realidad o autenticidad. 

Esta forma discursiva se utilizaba más que nada en la política (ningún español auténtico piensa que.., a todo paraguayo le gusta…, los verdaderos latinoamericanos no estarían a favor de…, etc.), y aunque hoy en día su uso disminuyó a causa de varios factores, sigue siendo algo peligrosa, debido a que en grupo de hurreros, donde impera más la pasión que la razón, la afirmación es aceptada y promovida colectivamente, así pues, todo comportamiento disidente con respecto al grupo, o intento de crítica hacia la afirmación alabada; es censurada de inmediato.

Con la creciente ola de actitud crítica con respecto a los discursos políticos se plantearon dos posibles curas: la relatividad con respecto a la autenticidad discutida y la negación total de la forma discursiva del falso escocés. Lamentablemente, actitud crítica no es lo mismo que pensamiento crítico, pues la actitud se logra incluso desde la apariencia de desacuerdo, el pensamiento en cambio, debe ser trabajado y puesto bajo análisis, luego, dichas respuestas resultan en la praxis más problemáticas que la falacia a la que se quería dar solución inicialmente.

Con respecto a la relatividad del universal, la fórmula para la respuesta sería algo así:

Tienes razón al afirmar que no soy español, pero también tengo razón al creer que sí lo soy. Mientras creas que no soy español y yo crea que sí lo soy, ambos tenemos razón. Así como crees que no soy español porque no encajo en tu pensamientos haces bien, pero si yo creo que soy español y así encajo muy bien en los míos haré mejor. 

La estupidez es clara pero no tan evidente, debido a que nuestro imaginario está más ligado al lenguaje poético que al lógico, así pues, cuando se construyen respuestas como estas, suenan bien, pero están mal planteadas. La relatividad en la retórica no es otra cosa que un apelo a la ignorancia. Es decir: “no está claro que A sea A, entonces, si digo que A es B y tú dices que es A, no es que alguno de nosotros esté equivocado, sino que ambos podríamos estar en lo correcto”. Esto se soluciona profundizando sobre qué es A al decir A. Por ejemplo: ¿cuál sería para ti un factor para determinar a un auténtico español? Al forzar el colapso de la ambigüedad, a uno o más criterios, el juicio se vuelve concreto y ya no hay posibilidad de fuga hacia la ignorancia.

Ahora bien, salir de la relatividad es relativamente fácil, lo complicado se halla en los errores del segundo método: la negación total de la forma. Es, en pocas palabras, el intento de anular cualquier argumento con la señalización de la falacia. Sería algo así: 

一Juan cree que la salvación puede perderse, entonces él no es un auténtico calvinista. 

一Esa es una falacia del falso escocés. No me vengas con eso. 

En este ejemplo la doctrina calvinista se opone directamente a la hipótesis de que la salvación de un alma pueda perderse. Pero, debido a que está formulado como el trillado falso escocés, se activan las alertas en el interlocutor no dejando espacio ni siquiera para una defensa de la opinión. Como si de una alergia discursiva se tratara, la intolerancia de los tolerantes, diría Popper. Si se trata de un caso aislado, vaya y pase, pero si se encienden estas alergias frente a discursos con implicaciones éticas y por extensión, políticas; estamos en graves complicaciones. Por ejemplo: un verdadero cristiano no puede estar a favor de la despenalización del aborto. Si esta afirmación es captada por la generación con actitud crítica, se encenderán en ella las alergias discursivas, y tomarán no sólo cómo falaz la información, sino a los que defienden la idea. Ahí pues, en nombre de la “tolerancia y del pensamiento crítico (?)”, se censurarán, con sincero pero erróneo juicio, a todo aquel que expresara algo con este formato.

En síntesis, la primera cura planteada es una pastilla homeopática y la segunda una que además de no solucionar la dolencia, produce alergia.

Una propuesta que suelo aplicar y con buenos resultados hasta ahora, cuando se me presenta un caso de falso escocés, no es buscar el contraejemplo, como en los casos clásicos, sino definir un valor legítimo de autenticidad en la premisa: 

一Ningún escocés pone azúcar en la avena del desayuno. 

一Tu nacionalidad no depende de tus gustos en el desayuno. 

So pena de que te llamen aburrido, solucionas el conflicto sin caer en la falacia y sin tirar un discurso estúpido como en el caso de la pastilla homeopática anteriormente expuesta.

Ahora bien, cuando nos hallamos frente a un verdadero falso escocés, lo mejor es proponer la argumentación indirecta schopenhaueriana, esto es, decir el porqué para después dar la conclusión: 

一Bueno, el marxismo excluye todas las religiones. Entonces, uno no puede ser católico y un marxista auténtico al mismo tiempo. 

Con este planteamiento, no sólo no se activan las alergias ante el falso escocés, sino que, si se maneja el tiempo de exposición del discurso, y se agrega una pausa dramática entre la justificación (el marxismo excluye todas las religiones) y la conclusión (uno no puede ser católico y un marxista auténtico al mismo tiempo); el oyente puede completar mentalmente con un “sí” la propuesta, logrando un mini efecto persuasivo.

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