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Etiqueta: Historia

Sobre querer siempre tener la razón y sus cosas

Sin embargo, por la crítica de algunas de las figuras más grandes de la historia de la filosofía (Sócrates y Platón), terminaron por adquirir una imagen muy desfavorable y negativa ante la sociedad. ¿Por qué? Pues mucho de lo que decían realmente no atendía a la preocupación de expresar una verdad, sino más bien a usar la elegancia de las palabras en función de la persuasión para fines convenientes. Solo querían “tener la razón” y no la verdad. 

En ese entonces, así como ahora, para muchos tener la razón no era lo que la frase per se significaba, más bien era la forma en la que se demostraba poderío y superioridad ante otro.

Hoy, esta connotación negativa perjudicó enormemente a lo que la razón es realmente, y en consecuencia al entendimiento entre las personas mediante la comunicación y la humildad. Con todo esto, a pesar de que los sofistas griegos están extintos, el sofismo continúa, y se mimetizó tan efectivamente a lo largo de este tiempo al punto de que desconocemos esa palabra en la cultura popular. Contrariamente a su mala fama en los libros de historia, la sofística actual goza de una terrible aceptación inconsciente por parte del hombre posmoderno, e irónicamente, aquel que no lo practica estará bajo el ojo inquisidor de una sociedad manipulada por la dictadura relativista. Es por eso que tener razón no significa lo que debería de significar, y termina siendo entendido como un acto arrogante al cual despreciar. En pocas palabras, aquel que busca decir algo como es, resulta ser tratado como un sofista por los verdaderos sofistas. 

Gracias a esto la frase “vos siempre querés tener la razón”, se enuncia en un tono victimista e intolerante, como si hablar con propiedad o desde el conocimiento fuera algo malo, desvirtuando con estas palabras a cualquiera que estuviera en la búsqueda de probar un punto. Irónicamente, quien acusa a aquel de soberbio por siempre querer tener la razón, está buscando lo mismo que su acusado, con la diferencia de que lejos de resolver el conflicto, la frase del principio de este párrafo se vuelve un ataque personal y no argumentativo. La modificación del significado de tener la razón repercute en el entendimiento de las personas, siendo parte de la formación del carácter y la personalidad de cada quien. Por eso, en la época de la tolerancia, lo único que no se tolera es una persona que sabe de lo que habla, porque afecta la seguridad y comodidad del ignorante, que prefiere mil veces odiar al que difiere con él, antes de dar una oportunidad a las razones expuestas y averiguar si estas son la verdad. Basta con ver las agresivas respuestas a un comentario coherente bajo una publicación controversial en Facebook para entenderlo. 

Tampoco es que sea un problema nuevo, el humano es un ser muy competitivo por naturaleza, cualquier acción que amenace su ego se lo tomará como algo personal, y defenderá su integridad (generalmente de forma inconsciente) cueste lo que cueste, no importando que eso signifique mentir o agredir para ello. Esta razón emocional-sentimental al no estar domada por el ejercicio racional, termina convirtiéndose en algo sumamente peligroso para uno mismo y en consecuencia para la sociedad, pues forma un carácter arrogante desde la ignorancia, promovido por un contexto social permisivo y relativista que antepone la comodidad de la creencia propia frente a la corrección objetiva, lo cual impide el avance dialéctico entre las personas, generando más discusiones de lo necesario y perdiendo la propuesta de aquel o aquellos que tiene la razón. Tener la razón está tan mal que yo tengo razón al decirlo. Sí, suena ridículo, pero es el pan de cada día en twitter. 

Es cierto que nuestra percepción e interpretación de las cosas tiende a ser subjetiva, pero fue la superación de este sesgo lo que nos llevó a los grandes logros y avances en diferentes disciplinas científicas (sociales y técnicas).

Esto no hubiera sido posible si es que la realidad circundante no fuera independiente a nuestra existencia; fue y siempre será, la adecuación de nuestras capacidades cognitivas a dicha realidad la que nos permite tener la certeza de algo, la verdad sobre una cosa. Dicho esto, nadie que tenga la capacidad de ordenar los fenómenos percibidos por los sentidos de manera lógica, debería de sentirse mal, de menos, u ofendido por preferir ser sincero con aquello que es obvio, cada vez que alguien lastimado en su arrogancia, dominado por sus emociones, que no quiere renunciar a sí mismo y ponerse al servicio de la evidencia exclama un “demasiado te gusta tener la razón”, debe de ser tomado como un halago; pues el querer tener la razón fue en principio la renuncia a la comodidad de la ignorancia para gracias a eso, llegar a donde llegamos como civilización. Es nuestro deber volver a darle a la palabra “razón” su connotación original, que es la capacidad de la mente humana para relacionar las ideas con fidelidad a aquello que se analiza, para descartar el significado posmoderno que es el de la arrogancia y superioridad, y así poner de nuevo en su lugar a los que realmente son sofistas.

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