PARAGUAY: CORAZÓN ESPIRITUAL DEL PLATA

Criollos, mestizos e indígenas bajo la égida de la Gobernación de Asunción del Paraguay fueron los que compartieron esos grandes méritos cuando difundieron su sangre por todo el inmenso territorio que posteriormente, casi tres siglos después, empezó a denominarse “Virreinato de las Provincias del Río de la Plata”.

Siempre se habla de los hombres del mundo secular que hicieron posible las hazañas de la conquista. Los Adelantados y Gobernadores del Paraguay y el Río de la Plata (1534 – 1617) son habitualmente recordados por sus proezas, llevadas a cabo desde Asunción. Don Domingo Martínez de Irala y Don Álvar Núñez Cabeza de Vaca sentaron las bases de la primogénita ciudad del Río de la Plata, le dieron un Cabildo y las primeras leyes de la región. El Gobernador Don Francisco Ortiz de Vergara ordenó a Ñuflo de Chávez que con 150 paraguayos (entre ellos la Co – Adelantada Mencia de Sanabria) haga la fundación de Santa Cruz de la Sierra en 1561 mientras que otro Gobernador del Paraguay, Don Juan de Garay, con 275 paraguayos realiza la primera y única fundación de Buenos Aires en 1580. En las inmediaciones de esa longitud, de aproximadamente 2.500 kilómetros de distancia entre Santa Cruz y Buenos Aires, todo fue engendrado gracias a la simiente plantada por los más antiguos habitantes de esta región, es decir, los colonos y nativos de esa generosa Madre de Ciudades llamada Asunción del Paraguay.

Algo se conoce de esta parte de la historia. Alguito. Pero no hablaremos de ello en esta ocasión. En este artículo no nos interesa relatar la “Conquista Territorial” sino la “Espiritual” que los paraguayos, desde la Diócesis de Asunción, llevaron adelante por todas las provincias del futuro Virreinato del Río de la Plata.

El 1 de julio de 1547, Don Juan de los Barrios (1497 – 1560) se convirtió en el Obispo inaugural de la primera Diócesis del Río de la Plata con sede central en Asunción del Paraguay, aunque no logró ocupar su cátedra. Su sucesor, Don Pedro Fernández de la Torre (c. 1500 – 1573) fue el primer Obispo en funciones, cargo que ejerció durante 19 años desde 1554. Así empezaba a erigirse el Primado y la Primogenitura de Asunción del Paraguay, como hija de Roma y del Imperio Español, en toda la región del Plata (aunque se mantuvo como sufragánea del Virreinato del Perú y del Arzobispado de Charcas, que fue una escisión del de Lima).

En 1617 se produciría la creación de la Gobernación de Buenos Aires, evento que se concretaría recién en el año 1620 con la erección del Obispado de dicha ciudad. La historiografía “porteñista” afirma que por instancias del Rey Felipe III de España, se llevó a cabo un “consistorio secreto” (del que no quedan documentos originales que lo atestigüen) en el que el Papa Paulo V decretó la creación del Episcopado Porteño como escisión del de Asunción del Paraguay, el 30 de marzo de 1620. Las únicas piezas escritas de evidencia directa sobre esto sólo confirman la creación del nuevo obispado, pero absolutamente nada hay sobre la supuesta “escisión” de la diócesis bonaerense respecto a la del Paraguay. De hecho que sí nos basamos en la tradición y los testimonios de la época, todos asumían que el Obispado de Asunción era el “Primum inter Pares del Río de la Plata” y ejercía dicha primacía respecto a Buenos Aires y las demás diócesis de la región (a su vez, Asunción permaneció, desde 1607, como sufragánea de Charcas que respondía directamente a Lima). Solamente tras la “Revolución Comunera” de 1717 – 1735, el Paraguay, que se resistió al “cambio de dinastía” y a las “reformas ilustradas” que traían los Borbones, como castigo impuesto por la Corona Española tras dicho levantamiento del que salió derrotado, perdió sus prerrogativas históricas y tradicionales.

La “Historia Espiritual” de la Conquista del Río de la Plata se escribió desde Asunción del Paraguay. Las famosas “Misiones” de los franciscanos y especialmente jesuitas, aunque actualmente se encuentran dispersas en varios territorios de la región, pertenecen eminentemente a la iniciativa y la tradición histórica de la República del Paraguay, que a su vez era conocida como “Reino Jesuítico” por diversos autores. Un ferviente miembro de la “Falange Española”, el escritor español Ernesto Giménez Caballero (1899 – 1988) quien fue embajador ante nuestro país y que fue autor de la sencilla pero sorprendente obra “Revelación del Paraguay”, en un artículo llamado “La América Pobre: Mensaje Franciscano desde el Paraguay”, expresó:

“El florecimiento del franciscanismo en el Paraguay es un misterio que solo puede explicarse con otro semejante: el de la actual reivindicación jesuita. Como si el Paraguay sintiese más que en ninguna otra tierra en América –al fin, su corazón- el peligro inminente de lo que avanza antagónico e inexorable: el “odio soviético” (frente al “amor franciscano”) y el “trabajo como condena sin esperanza” del comunista (frente al “trabajo como herramienta de la Salvación” de aquellas Reducciones de Jesús empezadas a descifrar)”.

Merecen libros enteros los episodios de Jesuitas y Franciscanos en el Paraguay, pero mucho antes de que estos llegaran al país, algunos hombres con olor a santidad recorrieron estas tierras llevando el Mensaje de Salvación de Nuestro Señor Jesucristo. Cuenta la leyenda, recogida por el Padre Ruiz de Montoya, que los indígenas guaraníes habían conocido a un hombre milagroso y de inmensa sabiduría al que llamaban el “Paí Zumé”, quien caminaba cargando una cruz en las espaldas mientras predicaba. Se trataría del mismísimo Apóstol Santo Tomás, cuyo paso por las tribus guaraníes motivó toda serie de poemas y coplas. Hasta hoy, la “Gruta de Santo Tomás Apóstol” está resguardada en las entrañas de la Cordillera del Yvyturuzu, con runas hebraicas y arameas que asombran a sus visitantes.

Sin embargo, más allá de áureas leyendas, en el siglo XVI llegarían otros caballeros e hidalgos, servidores de la Santa Iglesia Católica de Jesucristo. Entre los primeros se encontraban, precisamente, los Franciscanos quienes llevaron a cabo proezas dignas del fundador de su orden. Algunos beatos nombres se recuerdan: Fray Alonso de la Buenaventura convirtió cientos de indígenas guaraníes. Por su parte, un hijo de Alonso de Riquelme (uno de los primeros criollos del Paraguay), Fray Gabriel de la Anunciación, acompañó a Hernandarias hasta las actuales Islas Malvinas y la Patagonia predicando el Evangelio. Otros tantos similares hubo, como los Frailes Alonso de la Torre, Juan de Escobar, Gregorio de Osuna, Antonio de Arredondo, todos hijos de la “Seráfica Orden” quienes regaron con la sangre del martirio al Paraguay.

Ya hemos alguna vez mencionado a Fran Juan Bernardo Colmán (1569 – 1594), descendiente de un hidalgo inglés que rechazó a la apostasía anglicana y que se puso a las órdenes del Rey de España, uniéndose a una mujer guaraní, dejando larga prole. Este fue el primer “mártir paraguayo” del que tenemos registro en nuestra historiografía y su causa de beatificación se encuentra abierta. Oramos para que pronto sea elevado a los altares.

¡Esa palabra tan gloriosa que caracteriza a nuestro país, “el martirio”! ¡Es como si Dios haya querido que el Paraguay lleve esas palmas tan heroicas como gloriosas para proclamarlas al mundo entero! ¡Tierra de Héroes y de Mártires! ¿Acaso San Roque González de Santa Cruz, junto a sus compañeros mártires jesuitas San Alonso Rodríguez y San Juan del Castillo, no fueron los primeros “Santos del Paraguay” oficialmente canonizados? Sobre ellos se ha escrito, pero no bastante, nunca será bastante.

No obstante, hay otros caballeros que se destacaron por tantas leyendas que rodean a sus nombres. Uno de ellos es el celebérrimo Fray Luís de Bolaños (1550 – 1629), quien vivió en la “Gobernación del Paraguay” durante más de 35 años fundando ciudades como Caazapá, Yuty, Itá mientras protagonizaba relatos míticos como la “Leyenda del Lago Ypakarai”, de donde nacería la primigenia adoración popular a la Virgen de Caacupé, cuya imagen fue tallada por un indígena evangelizado por los franciscanos. Don Carlos Zubizarreta dejó escritas las siguientes palabras sobre ese gran hombre en su obra “Cien Vidas Paraguayas”:

“Aprendió pacientemente el guaraní y para facilitar el aprendizaje de la doctrina a los indígenas, tradujo a ese idioma el “Catecismo Breve” impuesto por el III Concilio Provincial de Lima. Este catecismo en guaraní del Padre Bolaños, fue aprobado primeramente por el Sínodo Diocesano de Asunción, celebrado en el año 1603 bajo la dirección del Obispo Fray Martín Ignacio de Loyola y luego por el Segundo Sínodo Diocesano de Asunción, en 1631, bajo la dirección del Obispo Fray Cristóbal de Aresti”.

Bolaños fue enviado para evangelizar en la recientemente formada Gobernación de Buenos Aires, donde fallecería.

Hablar del “Sínodo Diocesano de Asunción”, el primero que se celebró en la historia del Río de la Plata, nos trae obligatoriamente a otro nombre de fabulosa leyenda quien fue el que lo organizó. Estamos hablando del ya mencionado Don Martín Ignacio de Loyola (1550 – 1606). Nacido en España, también fue franciscano y Obispo de Asunción del Paraguay en 1601 – 1606, muriendo en el cargo. Fue conocido por su pseudónimo “Martín Mallea” y aparte de sus méritos religiosos puede añadirse sobre él que hizo dos circunnavegaciones del mundo, en diferentes direcciones. Fue gracias a su intervención enérgica como Obispo del Paraguay en 1602 (con ayuda de nuestro compatriota Obispo Hernando Trejo de Sanabria) en socorro de la recientemente fundada Ciudad de Buenos Aires, que esta se salvó de una “segunda desaparición”, porque entonces era un villorrio azotado por el hambre y las penurias. Además, fundó en Asunción el “Hospital de la Caridad” y la “Cofradía de la Pía Unión de la Purísima Virgen”, es decir, la veneración a la Inmaculada Concepción que ya estaba vigente incluso entonces en nuestro país al igual que su reconocida hospitalidad con los extranjeros.

Sobrino-nieto del incomparable San Ignacio de Loyola y ahijado del Duque de Lerma, diría el falangista español Ernesto Giménez Caballero sobre él:

“Amor y voluntad. Franciscanismo y loyolismo. Unificación de las dos órdenes religiosas en el mismo fin misional. Eso significó Fray Martín Ignacio de Loyola, a quien Paraguay, España, América y la Humanidad deben loores aún no satisfechos”.

Ciertamente, nuestro país no sabe pagar ni hacer valer sus legítimas glorias. ¡Fue Obispo del Paraguay, su único cargo episcopal y murió en dicho cargo! Sin embargo, no hay una sola plaza del país, ni una sola calle que recuerde su nombre. ¡Ah, Paraguay, Tierra de Héroes, de Mártires y de los olvidos!

Por último, no queremos dejar de mencionar al gran Hernando de Trejo y Sanabria (1554 – 1614), nieto de la “Co – Adelantada” del Paraguay Doña Mencia Calderón de Sanabria, fue hijo de Doña María de Sanabria y del Capitán Hernando de Trejo, quien fallecería a poco de llegar a Asunción. La “Real Academia de la Historia” de España nos cuenta lo siguiente sobre Trejo de Sanabria:

“Nació en 1554 en Santa Catalina, cuando este territorio pertenecía a la Provincia Gigante de Indias o Paraguay. Muy niño aún, se trasladó con sus padres (…) a Asunción con la expedición de Mencia por tierra, por la vía abierta por Cabeza de Vaca a través del Guairá”.

Su madre contraería segundas nupcias con el Gobernador Don Martín Suárez de Toledo y Saavedra. De ese casamiento nacería otro famosísimo paraguayo, el Gobernador Don Hernando Arias de Toledo y Saavedra (1561 – 1634), más conocido como “Hernandarias”, hermanastro de Hernando de Trejo y Sanabria.

Escribió Hipólito Sánchez Quell en su “Estructura y Función del Paraguay Colonial” este bello resumen sobre la labor de nuestro ilustre compatriota, segundo Obispo de Tucumán, Don Hernando de Trejo y Sanabria:

“Cuando cumplió quince años, su madre pensó que convendría hacerle ampliar sus estudios. Por entonces llegaron hasta ella noticias del Colegio Franciscano de Lima. Allá iría, pues, a estudiar el muchacho (…). Cumplidos los veintitrés años, recibía su título de Doctor en Sagrada Teología (…). En 1592, Felipe II lo nombra Obispo de Tucumán. En 1600, funda en Córdoba (ciudad dónde fallecería) un seminario con el nombre de Convictorio de San Francisco Xavier. Dicho establecimiento es declarado, diez años más tarde, Colegio Máximo Jesuítico. Trejo de Sanabria hace un verdadero apostolado de la enseñanza. En 1613 dona por escritura pública todos sus bienes muebles y raíces y sus rentas al citado colegio, que más tarde adquiere el carácter de Universidad. Así levantó un monumento al Derecho y a la Libertad en América. Y hoy se levanta la figura del ilustre criollo paraguayo, envuelta en su tosco sayal franciscano, fundida en bronce y sobre base de granito, en el centro del patio de la Universidad de Córdoba”.

Marcelino Menéndez Pelayo, brillante historiador de la “Madre Patria”, en el volumen 2 de su “Historia de los Heterodoxos Españoles” dejó una frase que ha impactado profundamente en propios y extraños por su contundente y firme impronta:

“España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio… Esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea”.

Quisiera parafrasearlo, pero dándole un nuevo sentido, tan hispano como paraguayo, para que diga lo que quizás nadie se ha atrevido a decir anteriormente. Sea pues, y que nunca nos acusen de apocados por querer tapar lo que debería revelarse con el más fulgurante de los destellos, con todo el vigor irresistible de una verdad resplandeciente que espera ser asida por todo aquel que busca una auténtica restauración de los valores que hicieron posible a la América Española en esa “Provincia Gigante de las Indias”, cuya capital palpitante fue siempre Asunción. Vaya pues mi intento, con la petición de las indulgencias que puedan dispensarme por dejarme llevar por el vuelo de la pluma:

“Paraguay, evangelizador y corazón espiritual del Río de la Plata; Paraguay, tierra de héroes y mártires, luz y espada de la Hispanidad, casa de Nuestra Señora de la Asunción, cuna, amparo y reparo de la Conquista, hidalgo de San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola… Esa es nuestra grandeza y no tenemos otra. No podrá existir unidad de las antiguas provincias españolas en el Río de la Plata y por ende, seguiremos separados y debilitados, sí no se proclama con toda la fuerza de la más purísima verdad de nuestra historia a eso que es innegable e indiscutible: la primacía y primogenitura del Paraguay en nuestra región”.

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